Por Pedro Lipcovich-
«El periodismo de filtraciones es el más adecuado a estos tiempos y el que tiene más chances de sobrevivir», sostiene Santiago O’ Donnell, autor de Filtraciones. Periodismo, política y servicios (ed. Sudamericana), de reciente publicación. En un detallado diálogo, el entrevistado mostró y fundamentó la profundidad de su compromiso con esta forma, arriesgada, de ejercer la profesión. Y, al hacerlo, fue trazando un diagnóstico sobre la actual crisis del periodismo en el mundo. O’ Donnell es también autor de ArgenLeaks, PolitiLeaks, ArgenPapers y otros libros, además de su trabajo profesional en Los Angeles Times, The Washington Post y, ya en la Argentina, La Nación y Página/12.
–¿Cómo se desarrolló el periodismo de filtraciones, desde casos emblemáticos como el de los Papeles del Pentágono en 1971 o Watergate en 1972?
—Si las publicaciones sobre el caso Watergate, de 1972 –que desencadenaron la renuncia del presidente Richard Nixon–, ocurrieran hoy, tal vez nadie las creería. No creo que alcanzaran el impacto, la contundencia que tuvieron en su momento. Era una época muy especial del periodismo, que había adquirido ya muchísimo prestigio por el caso de los Papeles del Pentágono, en 1971, la primera gran filtración de la historia.
Los Papeles tuvieron como protagonista a The New York Times, Watergate a The Washington Post, y dieron lugar a una era de oro del periodismo. Muchos piensan que el periodismo siempre fue lo que vemos en las películas: esa independencia; el periodista va y cuenta las verdades que el poder oculta. Aquella edad de oro duró unos veinte años. En la década de 1990, los medios independientes empezaron a ser comprados por grandes corporaciones y el periodismo pasó a tener una lógica más empresarial, empezó a ser más difícil desvincularlo de la publicidad o la propaganda. Claro que esta lógica empresarial existió siempre, pero se acentuó por los procesos de concentración económica y por los avances de la tecnología.
–¿De qué modo incidieron los avances de la tecnología?
–Contribuyeron a un proceso de concentración del control y el manejo de la información en grandes corporaciones, que terminaron absorbiendo las formas más artesanales de periodismo. Los diarios son el gran ejemplo: hoy se han convertido en grandes burocracias, y nadie compra lo que producen. Es cierto que hay emprendedores nuevos, jóvenes que sostienen la existencia del periodismo moderno, pero no están ya las instituciones de aquella época de oro.
–¿Y por qué, si Watergate se revelara hoy, quizás el público no lo creería?
–Por de pronto, sus datos están basados en una única fuente anónima. Si bien afirman que chequearon la información mediante por lo menos tres fuentes, el informante principal sigue siendo anónimo, y no se revela qué lugar ocupa en el gobierno de Estados Unidos; su identidad se conoció recién varias décadas después. Pero, además, hoy en día el sentido común está tan fragmentado que es muy difícil que una noticia atraviese las distintas grietas. Sólo la información basada en evidencia empírica logra hacerlo.
El Washington Post tenía en ese momento una credibilidad, como marca comercial, que ya no existe. Especialmente desde que en 2013 lo compró Jeff Bezos, multimillonario dueño de un unicornio tecnológico. Por más que dijeran que él no iba a interferir con el contenido editorial del diario, hay ejemplos concretos de que sí lo ha hecho. Algo de este orden sucedió también en Twitter, cuando en 2022 lo compró Elon Musk, o en The Intercept con la renuncia de Glenn Greenwald en 2020. Los unicornios tecnológicos procuran adquirir medios de comunicación, por muchas razones pero fundamentalmente para mantener un cierto equilibrio con los gobiernos, sus agencias de inteligencia, en cuanto a la capacidad de acceder a la información. Estamos hablando de cómo el poder se juega a través de la información. Los gobiernos buscan ese acceso a través de sus servicios de inteligencia y también a través de la Justicia: en Estados Unidos hay cortes secretas con facultad para realizar allanamientos.
–¿Cortes secretas?
–Por ejemplo, el tribunal creado en 1978 por la Foreign Intelligence Surveillance Act (FISA) del Congreso de Estados Unidos. Su existencia misma no se podía revelar, y la primera revelación de un documento de FISA la hizo Edward Snowden. Este tribunal, en los temas que considera de seguridad nacional, puede dirigirse a cualquier red social para requerir la entrega de información. Una de las grandes batallas sobre este tema tuvo lugar cuando Julian Assange fue informado por Twitter (que todavía no había sido comprada por Musk) de que ese tribunal estaba requiriendo datos de Wikileaks. Y Assange pudo saber que lo mismo estaba pasando con otras redes como Facebook, sin que sus responsables le hubieran avisado.
Después, Snowden pudo conseguir y difundir un fallo de ese tribunal ordenando que las empresas tecnológicas entregaran información. Es que la información da poder. Ante las ofensivas tecnológicas y jurídicas de los Estados, figuras como Musk y Bezos procuran valerse de medios de comunicación que actúen como contrapoder.

Julian Assange, periodistas y fundador de WikiLeaks.
–Así se modifica la índole de los medios más prestigiosos…
–Históricamente, los grandes diarios del mundo eran propiedad de familias aristocráticas: un día, un iluminado de la familia decide que estaría bueno hacer un gran diario. Es el hijo progresista, el loco de la familia que asume ese proyecto. Así pasó con Phil Graham con The Washington Post, que después fue conducido por su viuda, Katharine Graham. Pasó con Arthur Ochs Sulzberger en The New York Times, con Otis Chandler en Los Angeles Times.
En un momento dado, alguien se propone hacer algo grandioso, algo influyente, de derechas o de izquierdas. Eran casi filántropos, querían devolver algo a la comunidad, se preocupaban por un bien social; así como las esposas suelen estar en la comisión directiva de la Ópera o en alguna caridad, ellos tienen un gran diario, que cumple una función social. Este modelo funcionó en esa época de oro del periodismo.
–No ya en la actualidad.
–Hoy existe una pelea por la información entre los gobiernos de los Estados y las grandes empresas. Es parecido a cómo pelean por la captura de la renta: todos los años los gobiernos van a las Naciones Unidas diciendo que van a cerrar los paraísos fiscales, pero estos paraísos se hacen cada vez más fuertes: quiere decir que, en la puja entre gobiernos y grandes empresas por la captación de rentas, triunfan las grandes empresas, lo cual da a sospechar que estas empresas tienen más poder que los gobiernos. Y esto, me parece, se puede analizar desde el punto de vista de la información. Hoy en día la información es el bien más preciado, más que el oro, que las armas, que el dinero.
Si usted tiene la mina de oro más importante del mundo pero yo tengo acceso a la información sobre sus cuentas bancarias, sus delitos privados y los movimientos de su familia, entonces yo tengo poder sobre usted. Lo que más poder da en el mundo actual es la información. Ahora, si tratamos de ver quién va ganando la puja entre gobiernos y empresas en cuanto al control de la información, es cierto que los gobiernos controlan mucha información pero las grandes empresas también manejan mucha información a nivel global.
–En su libro, señala que en los últimos años ha habido cierta institucionalización en cuanto al manejo de las filtraciones; hay un «consorcio de periodistas de investigación», por ejemplo. ¿Puede decirse que antes las filtraciones eran hechos más bien aleatorios, ocasionales, y que hoy se plantean como un subgénero periodístico, con instituciones que lo expresan?
–Esta pregunta vuelve a remitirnos a la historia de las filtraciones. Más allá del antecedente de los Papeles del Pentágono, el género se abre con el cablegate de Wikileaks, y no casualmente coincide con la masificación de las computadoras personales: este avance tecnológico permite que las megafiltraciones puedan tener cierta frecuencia.
Dos o tres años después del caso Assange, aparecen Panamá Papers y el caso Snowden: digamos, la Santísima Trinidad de las megafiltraciones. A partir de ahí surgen muchas instituciones. Claro que también empieza una persecución fuerte, por parte de los gobiernos de Estados Unidos y Gran Bretaña, sobre los filtradores independientes. Aparecen en cambio muchas filtraciones estatales o paraestatales, sobre todo en países como Rusia, China, incluso en América latina y Europa.
También aparecen instituciones apoyadas por el gobierno de Estados Unidos. Hay dos grandes redes mundiales de periodistas de filtraciones que cuentan con apoyo de Estados Unidos y Gran Bretaña: una de ellas, ICIJ, que se especializa en las filtraciones sobre China y sobre los capitales off shore, pero excluyendo hasta ahora una investigación sobre el estado de Delaware, que es el principal paraíso fiscal de Estados Unidos; la segunda red mundial OCCRP, se especializa en Europa del Este y Rusia. Como digo, ninguna dio a publicidad grandes investigaciones sobre Estados Unidos o Gran Bretaña y esos países son financistas de ambas las redes.

Edward Snowden, filtrador.
–¿Y en la Argentina?
–En la Argentina podemos pensar en dueños de medios como lo fueron Bartolomé Mitre, Patricio Peralta Ramos, Roberto Noble, incluso Jacobo Timerman. Eran personas que hacían diarios. Hoy, si tomamos el caso de Clarín, el diario sólo es una parte de un multimedio que resulta ser, nada menos, el segundo grupo económico de la Argentina. Prácticamente todo lo que produce se consume en el país, y tiene intereses muy fuertes en sostener determinado modelo económico.
El diario sólo es un pequeño apéndice en ese grupo empresario, que tiene posición dominante en cada uno de los mercados infocomunicacionales de la Argentina: la producción de programas de televisión, la televisión misma, productoras de cine, internet, el cable, la venta de celulares, todo lo que existe en el mercado infocomunicacional. Es obvio que esto condiciona al periódico. Entonces, la lógica de negocios ha cambiado completamente.
En aquella época de oro, los ingresos de los diarios bancaban sus costos, sus proyectos; ahora ni siquiera pagan los costos de impresión. El negocio está en promover todos esos productos de los mercados infocomunicacionales, y para eso es necesario participar en la lucha política por los espacios de poder. Es una lógica completamente distinta a la de «cuántos diarios vendemos en la calle».
–Hubo también un periodismo de masas, el de William Hearst en Estados Unidos o Natalio Botana en la Argentina.
–Pero en Estados Unidos, en las décadas del 30 y el 40 del siglo XX, creció un periodismo contestatario, el de los nut rakers, «los que rastrillan nueces». También en la Argentina hubo una tradición de prensa obrera, militante, en los años 30, 40 y hasta los 50, con recursos de folletín en el mejor sentido de la palabra. Y, desde los 60, las investigaciones de Rodolfo Walsh.
Los grandes diarios de la época de oro procuraban incorporar algo de ese espíritu y tener buena investigación, así como procuraban tener buenos analistas de Wall Street o buenas secciones de distintos temas. No estoy planteando que ese modo de hacer periodismo sea mejor o peor que otros. Esos empresarios buscaban hacer grandes diarios según su idea de lo que era un diario. En la Argentina, no creo que Bartolomé Mitre con La Nación, o Patricio Peralta Ramos al dirigir La Razón, se centraran en que su diario apalancara otros negocios; ellos pensaban que su mirada sobre el mundo merecía un lugar desde donde difundirse.
–¿Había una ética profesional que después se puso en cuestión?
–Hay algo más importante que eso, o que la pérdida de prestigio y reconocimiento que pueda haber habido: más importante ha sido el avance de la tecnología. El lugar que ocupa hoy el periodismo es distinto. Antes, los que dábamos noticias éramos los periodistas. Hoy, siempre llegamos tarde; a lo sumo, analizamos o curamos noticias.
No somos los únicos que contamos historias. Todo el mundo cuenta historias por Instagram, y muchas son mejores que las nuestras. Esos dos lugares esenciales que tenía el periodismo los hemos perdido. Queda un último lugar esencial: mostrar lo que el poder quiere ocultar. Este rol lo seguimos teniendo, y sólo lo podemos hacer los periodistas, no lo puede hacer un oficinista o un obrero.
–Al mencionar Instagram, usted abre otra cuestión: la irrupción de las redes sociales.
–Hoy la comunicación pasa por ahí. ¿Qué importa lo que diga el diario si no lo lee nadie? Lo que importa es lo que dice la gente, cómo se expresa, por dónde, cuáles son sus canales. La filtración sobre las coimas de Andis, por ejemplo, empezó en un streaming que veían cinco mil personas. ¿Cómo no mirar las redes, entonces? Hoy Internet permite a cualquiera el acceso directo a las fuentes, a la documentación; no hace falta la intermediación del periodista.
Nos puede interesar lo que opina un periodista pero, si queremos saber lo que dice la empresa Ford, entramos en la página de esa empresa y obtenemos información directa. Si queremos saber qué decreto firmó el Presidente, todos tenemos acceso al Boletín Oficial. Queda así muy diluido el rol de los periodistas. Algunos, que escriben en medios todavía muy leídos, se agarran a la idea de que son importantes. Antes, un periodista hacía una buena nota y a la mañana siguiente renunciaba un ministro y te aplaudían en la redacción. Hoy eso es casi imposible, siempre hay muchas operaciones y movimientos y la gente no te cree, la verdad está mucho más fragmentada, por algo se habla de posverdad.
–Se hablaba de una función fiduciaria del periodismo, a semejanza de la de los escribanos: dar fe de que algo es efectivamente verdadero.
–Eso funcionaba antes de las redes sociales. Había un poder real, que efectivamente daba fe como un escribano, esto le era encomendado por la sociedad. Y tenía su correlato en la Justicia: se dictaron leyes para proteger a los periodistas. Hoy eso pierde sentido porque todos somos periodistas y publicamos. La Justicia siempre tarda un poco más que la sociedad en aggiornarse. Y hoy tiene dos caminos: o quita la protección a los periodistas y criminaliza la publicación de información, como hicieron con Assange, o extiende las protecciones que otorga a los periodistas a quienes no son periodistas, incluyendo las fuentes de información.
–Si somos todos periodistas, ¿cómo se garantiza la verdad? Todos decimos cosas, pero esas cosas pueden ser ciertas o falsas.
–Esta pregunta da pie a mi gran tema, las filtraciones. Muy bien, para garantizar la verdad, muéstreme qué documentación respalda la verdad que usted propone. Y que decida la sociedad, como hizo siempre con el periodismo. Siempre fue el lector, o la audiencia, quien decidió si da o quita credibilidad. Una de las grandes cosas buenas que tiene el periodismo, a diferencia de otras profesiones, es que su ejercicio no requiere ningún título habilitante, ni colegiación. Por eso estoy en contra de cualquier tipo de «observatorio periodístico», de cualquier cosa que huela a sancionar al periodismo. El que debe sancionar o premiar al periodismo debe ser siempre el público, no un ente regulador.
–¿Y el periodismo de filtraciones ofrece al lector más posibilidades de controlar de manera autónoma la veracidad de la información?
–Creo que lo facilita muchísimo. La información misma presenta muchísimos elementos para corroborar o no su seriedad y veracidad. Tomemos la filtración sobre la Andis. Pongámonos en el lugar, no de un periodista sino de cualquier persona que se entera de la noticia: aparece la voz de un tipo que se llama Diego Spagnuolo. ¿Quién es Spagnuolo? Es uno de los mejores amigos de Milei y además es su abogado; conoce la letra chica de lo que firma o deja de firmar Milei. Bien, Spagnuolo aparece en audios haciendo un análisis detallado de un esquema de coimas que involucra a Karina Milei, que es la hermana del presidente pero sobre todo es la secretaria general de la Presidencia: la segunda persona más poderosa del Gobierno y la de quien más depende emocionalmente Javier Milei. A ella responden los primos Menem, que vienen ejerciendo el mayor manejo político del Gobierno.
Entonces aparecen en streaming estos audios donde Spagnuolo cuenta detalladamente cómo se pagan coimas. Esto se viraliza, todo el país empieza a hablar del tema. Los medios de derecha, especialmente los pertenecientes al grupo Clarín, que arrastra cierto encono con Milei, deciden darle difusión a esta filtración. Pasa una semana entera. El gobierno no dice una palabra, Spagnuolo no dice una palabra. Hasta que Milei lo echa a Spagnuolo. Mayor confesión que esa no podría haber. A partir de la filtración se abre una causa judicial, hay allanamientos y se llega a identificar al dueño de una droguería sindicado como principal recolector y distribuidor de coimas. (N. de la R.: el caso Spagnuolo, de 2025, es uno de los desarrollados en Filtraciones.).
–La filtración tuvo efectos.
–La filtración aporta el documento. Y cuanto más primaria es la fuente del documento, más indubitable es. En el caso de la Andis, el documento es contundente. Hasta los seguidores de Milei, aunque lo sigan votando, saben que acá hubo coima, del mismo modo que los seguidores de Cristina Kirchner nunca van a poder justificar un Lázaro Báez o un Ricardo Jaime.
También es importante, tomando el caso de Spagnuolo, es que muy poca gente recuerda quién lo publicó. No es como en el caso Watergate, donde todo el mundo recordaba que lo había publicado el Washington Post, con las firmas de Bob Woodward y Carl Bernstein, o los Papeles del Pentágono que publicó el New York Times. Acá lo que importa es el documento. Claro que se le puede agregar algún texto de análisis que facilite la lectura; la manera de presentarlo cambia mucho el impacto.
El hecho es que una filtración es mucho más atractiva que otra clase de contenido periodístico. Y hoy en día, con la inteligencia artificial, se hace más fácil verificar una información. Antes el que no era periodista carecía de medios de chequeo como los tiene ahora. Suele suponerse que se hace muy fácil engañar a la gente pero quizá sea al revés.
–¿La inteligencia artificial puede hacer más factible el chequeo de la información?
–Hay una idea generalizada de que la inteligencia artificial tiene un efecto devastador sobre la posibilidad de conocer la verdad, porque da mucha facilidad para inventar, pero la contracara es que también da posibilidades mucho mayores para el chequeo. La tecnología se puede usar para distorsionar la verdad pero también para preservarla y sostenerla.
Por eso creo que las filtraciones son tan efectivas e importantes para esta época. Y conviene aclarar que se trata siempre de información de interés público: filtraciones sobre actos de corrupción o de violaciones a los derechos humanos, por ejemplo. No se trata de que la información privada de una persona pueda quedar expuesta. Hecha esta aclaración, la enorme diferencia de la filtración con las producciones de la inteligencia artificial es, simplemente, que la filtración es verdad. Una noticia fraguada por inteligencia artificial se puede diluir como arena entre las manos.
En cambio, una verdad potente filtrada por alguien que logró acceder a una información verídica que algún poder intenta ocultar, eso tiene otra consistencia, otro peso. Y no se trata sólo de publicar verdades y no mentiras, sino que las verdades tienen distinto peso y las informaciones tienen distinto valor.
La información más valiosa es la que más empodera y la que más nos hace libres. Por ejemplo, que desde el Gobierno están robando plata a los discapacitados es una información mucho más valiosa que si en la mutual del barrio el lavacopas se está afanando la propina. La centralidad que se le otorga a cada verdad es parte del juego de mostrar y esconder información. Y así como la información es poder, la opacidad es todavía más poder. Tener información da poder pero más poder da la capacidad de mantener secretos, de mantener prohibido el acceso al público de cierta información.
–En su libro, usted advierte que el periodismo de filtraciones podría ser quizás el último refugio del periodismo, amenazado en nuestra época, y que podría ser el subgénero periodístico con más posibilidades de estar exento de publicidad o propaganda. ¿Por qué?
–No me propongo excluir otras formas de periodismo: digo que el de filtraciones es el que más se adapta a estos tiempos y el que tiene más chances de sobrevivir; en este sentido podría ser el último refugio. No digo que sea el mejor periodismo sino el más adaptable. Como el cocodrilo, digamos: seguramente hay animales más lindos pero los cocodrilos pudieron sobrevivir a muchos, incluso a los dinosaurios.
En cuanto a estar libre de publicidad y propaganda, éste es un trabajo periodístico donde, por definición, estamos mostrando algo que el poder quiere esconder, y el instrumento es la presentación de documentos: quedan afuera las gacetillas de prensa, la promoción, las entrevistas promocionales, esas zonas donde la línea que separa el periodismo de la propaganda o la publicidad no es tan clara.

–Usted mencionó las investigaciones de Rodolfo Walsh: ¿piensa que su forma de trabajo tendría un lugar en el periodismo de filtraciones?
–A Walsh lo veo muy cerca de Assange. Parten de posiciones ideológicas parecidas. Assange ve el periodismo, antes que nada, como instrumento revolucionario. Y Walsh ponía en valor los instrumentos periodísticos disponibles en su época. Él vivía en una época de radios y revistas, donde el periodismo literario era el camino para llegar a las grandes masas. Hay que señalar su trabajo en cuestiones de radio y electricidad, del que se valió para informar sobre la masacre de Ezeiza y otros temas. Era un adelantado a su época en el uso de la tecnología. Hoy seguramente no tendría problemas para entender y utilizar los nuevos modos de comunicación. En cualquier época, hubiera sido un gran periodista.


